>>APRENDER A APROXIMARSE: LAS TECNOLOGÍAS DE INFORMACIÓN Y LA VELOCIDAD DE LAS COSAS

APRENDER A APROXIMARSE: LAS TECNOLOGÍAS DE INFORMACIÓN Y LA VELOCIDAD DE LAS COSAS


Por Francisco Morfín Otero - Escrito el 22 March 2010

*             Conferencia sustentada en la librería del Fondo de Cultura Económica, Guadalajara, 20.09.06

**           Doctor en Filosofía de la Educación, y Director General Académico, Iteso, fmorfin@iteso.mx

 

Abstract

Dr. Francisco Morfín Otero. Learning to Approach:  Information Technology and the Speed of Things. Setting aside technological developments is not the way to go; it makes more sense to learn how to utilize them to continue learning with humanity.  An educational proposal puts forth situations in which the learner reflects on the fact again and again from different points of view. Learning to perceive is learning about our body in action; it is not only learning the way in which our body is being affected, but also learning to be affected by the things that happen. Learning to perceive is learning to act. It is advisable to learn to keep silent, to contemplate and to discern. This seems to me to be the route to reduce within us the speed of things that happen and to learn to return to living in the world with its new velocity and living in search for a horizon where we can all meet ourselves in and with our diversity.

 

 

Resumen

Dr. Francisco Morfín Otero. Aprender a aproximarse: las tecnologías de información y la velocidad de las cosas. El camino no es hacer a un lado los desarrollos tecnológicos, sino aprender a utilizarlos para seguir aprendiendo con la humanidad. Una propuesta educativa propone situaciones en que el aprendiz reflexiona sobre lo hecho una y otra vez, desde diferentes puntos de vista. Aprender a percibir es aprender de nuestro cuerpo en acción; no sólo es aprender la manera en que nuestro cuerpo va siendo afectado, sino aprender a ser afectados por las cosas que acontecen. Aprender a percibir es aprender a actuar. Es conveniente aprender a silenciar, contemplar y discernir. Esta me parece la vía para reducir internamente la velocidad de las cosas que suceden y aprender a volver a habitar el mundo en su nueva velocidad y en la búsqueda de un horizonte en donde podamos encontrarnos todos en y con nuestra diversidad.

 

 

El tema de este conjunto de conferencias ha versado sobre filosofía y educación; ésta última se ha asumido, en algunos momentos, como la institución y los métodos que hemos diseñado para que los humanos aprendamos desde los primeros años y a lo largo de toda la vida. La educación, dentro del ámbito de los estudios universitarios, se ha ido configurando de muy diferentes maneras, muchas de ellas no imaginadas hace apenas 50 años, como es el caso de las propuestas educativas soportadas en medios electrónicos o especializadas en el tratamiento de un problema específico, desde una perspectiva multidisciplinar, que va más allá de la identidad propia de las profesiones.

La educación a la que nos hemos referido en días pasados no sólo se refiere a un conjunto de instituciones; también es un lugar al que se quiere llegar: se habla de una sociedad educada, de una persona educada y, en general, asumimos que esa persona o sociedad lo que logra con su ser educada es la posibilidad de la convivencia armónica, respetuosa y creativa con otras personas y sociedades. Así pues, la educación tiene como referente el modo de relacionarse con los demás y, en estas relaciones que se tejen a lo largo de la vida, la posibilidad de saber cada uno de nosotros quién va siendo y quién quiere ser. Desde esta perspectiva relacional podríamos afirmar que las sociedades beligerantes son las menos educadas en tanto que están orientadas por un esquema de dominación previo a la posibilidad de la construcción de relaciones de convivencia adecuadas para lo que creemos humano y planetario. Las instituciones educativas instalan propuestas que, en principio, proponen la reproducción de lo que el grupo social considera bueno; sin embargo, una buena parte del esfuerzo educativo se orienta hacia la invención de mundos posibles. Así, vemos invenciones narrativas, poéticas, filosóficas, que responden a ese ser educado desde la perspectiva relacional; además, vemos invenciones tecnológicas. La idea de desarrollo tecnológico guarda relación con la idea de persona y de sociedad educada, en tanto que hace referencia al que sabe hacer, al que interviene las cosas del mundo para construír un entorno deseado y al grupo de personas que viven en el medio modificado. Desde esta perspectiva las sociedades menos tecnologizadas son consideradas las menos educadas. La noción de persona educada tiene, pues, dos grandes características: saber convivir y saber hacer. Las sociedades y las personas deciden cuál de estas características cultivarán con mayor énfasis. Nunca se puede cultivar una sola de ellas; cada una se cultiva con el concurso de la otra. Sin embargo es posible que una se cultive con mayor énfasis. Ambas se adquieren a través de las situaciones de aprendizaje que cada generación crea y dispone para las nuevas generaciones, son procesos de conocimiento humano; por esto nos interesa saber en qué consiste eso que llamamos conocer.

Conocer, siguiendo a Lave, no es un proceso que sucede “adentro de la cabeza”, cuyo producto son representaciones que contienen algunas relaciones complejas con el “mundo exterior”, sino una actividad social que está situada en los contornos de las relaciones que suceden entre las personas y el mundo, en donde las partes se constituyen mutuamente. Es un proceso en el que ambos, la persona como agente cognoscente y el lugar o medio ambiente en el que actúa, están en un continuo ir siendo del uno en su relación con el otro. Así pues, aprender implica saber de la cosa, aprehenderla con nuestros sentidos, hacerla nuestra y hacernos de ella. Se aprende cuando se habita la cosa aprendida; por eso, todo aprendizaje contiene un cambio en aquel que aprende, derivado del modo en que eso que ha aprendido refleja su propia persona. Todo aprendizaje compromete, no sólo con la cosa que se va habitando, sino también con la persona que se va siendo. Lo aprendido no se desaprende sino se reaprende.

Nunca aprendemos todo ni completamente. En la vida vamos aprendiendo de la misma manera en que vamos siendo. Y es que aprender es el proceso de ir sabiendo quiénes vamos siendo en relación con esos otros y con esas cosas del mundo en que vivimos. Por esto todo aprendizaje está atravesado por tensiones que van delineando el mapa de nuestro mundo personal. Este ir siendo implica un juego entre lo familiar y lo desconocido: en donde nos topamos cotidianamente con la cuestión de explorar frente a una moral heredada que tendrá que ser cuestionada por cada uno de nosotros; desde donde tendremos que confrontar lo que creemos (así, como creencia) con el conjunto de relaciones que se establecen en un contexto específico, sin poder dar cuenta de las causas que lo originan; donde llegamos a creer que la seguridad es la única posibilidad para seguir en el mundo, pero también, donde descubrimos que las acciones en las que arriesgamos son precisamente las que ayudan a seguir siendo; en fin, en donde nos hacen creer que la vida y las cosas de este mundo habrá que tomarlas con seriedad, pero también en donde el humor que trastoca el orden de las cosas nos ayuda a conocerlas mejor y, por ende, a ir sabiendo más acerca de quiénes vamos siendo. En estas tensiones del aprender podemos ver que la persona educada es aquella que, al ir sabiendo quién va siendo, construye relaciones de convivencia y hace posible un ‘hacer con las cosas que convocan al cuidado del mundo’, sea éste un hacer poético, filosófico, científico o tecnológico, y esta dinámica de construcción del saber tiene su fundamento en aquello que somos capaces de percibir.

Todo proceso de aprendizaje implica un modo de percibir el entorno. La percepción del medio ambiente, sea cual fuere, es ya una interacción con lo otro. El ente completamente aislado de su alrededor no aprende. Al nacer tenemos ya una estructura sensorial que nos permite interactuar con lo que nos rodea. Es una estructura que nos hace posible percibir, pero no es suficiente. Es necesario aprender a percibir, y esto lo hacemos en un proceso inconsciente. Algunos relatos de casos extremos se acercan a este hecho: Oliver Sacks, en su libro Un antropólogo en Marte nos cuenta de un paciente suyo llamado Virgil, ciego de nacimiento, que a los cincuenta años fue operado de los ojos y recuperó la visión. En un primer momento, sin lograr identificar objetos y formas, podía ver colores y movimientos. Sacks describe: “Sus primeras impresiones cuando le quitaron los vendajes fueron especialmente cromáticas, y parecía ser el color, algo que no tiene análogo alguno en el mundo del tacto, lo que más le excitaba y encantaba” (164). El bebé aprende, no sabemos cómo, pero sabemos que sucede sin conflicto. El adulto que acaba de recuperar la vista, dice Sacks, “tiene que llevar a cabo un cambio radical desde un modo secuencial hasta otro visual-espacial, y dicho cambio desafía la experiencia de toda una vida” (182). Así pues, nuestro modo propio de ser y estar en el mundo depende en gran medida de nuestra estructura sensorial y de la forma en que vamos aprendiendo a percibir. Esto es, que no basta con nacer con la capacidad para ver, sino que vamos aprendiendo a ver las cosas de determinada manera, no todos vemos lo mismo ni de igual forma. Es probable que esto explique el hecho de que al poner a dos personas en un contexto similar se comporten de manera diferente.

Dicho por Merleau Ponty: el cuerpo es “el vehículo del ser en el mundo, y tener un cuerpo, para una creatura viva, es estar implicada en un medio ambiente definido, identificarse uno mismo con ciertos proyectos y estar continuamente comprometido con ellos” (Fenomenología de la Percepción, 1962: 82). O, como parece sugerir Heidegger, el sí mismo y el mundo surgen en el acto de habitar, de manera que no podemos saber en dónde termina uno y empieza el otro. Lo que nos lleva a decir que la presencia intencional de un agente percibiendo, como un ser-en-el-mundo, tendrá que ser una presencia corporeizada. Los contextos de aprendizaje implican pues, procesos para aprender a percibir en los que es ineludible la atención a la persona-cuerpo.

 

En todo proceso de aprendizaje encontramos tres momentos. No son secuenciales y la intensidad con la que aparecen depende del contexto de aprendizaje, del objeto aprendido y de la persona que aprende. Estos momentos son la ejercitación, el modelado, y el diálogo y la construcción con los otros. Estos tres momentos son ineludibles en el proceso de aprender a percibir. Veamos algunos ejemplos:

El mero hacer. El nudo en la cuerda… el tejido…

Algunos autores –entre ellos, Ingold– dicen que el ethos humano consiste en tejer. Cuando tejemos, digamos una canasta o un nudo, tenemos una idea previa de lo que queremos lograr. Al empezar el tejido tenemos materiales (cuerda o hilo, el objeto sobre el que se teje), instrumentos fabricados por un humano, y la fuerza con la que vamos imprimiendo tensión en el material para ir creando nuestro objeto. El resultado no llega a ser idéntico a lo que imaginamos. Es el producto de la interacción de la persona con los materiales, sus instrumentos y la fuerza que imprime. En cada paso nos encontramos en situaciones cambiantes en donde vamos decidiendo el curso de las acciones posteriores, como dice Levinas: cada paso ilumina el siguiente. Así, la vida es un permanente estar decidiendo las cosas en cada momento; la vida es el hacer con las cosas, decía Ortega. En este tejer que es la vida, nos vamos encontrando a nosotros mismos, haciendo y siendo. Otros autores describen el ethos humano como el cuidado (Boff, San Ignacio) ya sea de las cosas, del mundo, de los otros y a final de cuentas, de uno mismo. Al tejer, nuestro empeño está en el cuidado de eso que queremos lograr, de nuestra idea de lo que será el resultado de nuestro trabajo. Tejer implica cuidar y para cuidar es necesario saber tejer nuestras acciones.

Hay varios nudos que se utilizan para cerrar las puntas de las cuerdas gruesas e impedir así que se deshilen. Entre ellos hay uno que me gusta mucho y que consiste en una especie de sinfín que al apretarlo no se ve dónde comienza ni dónde termina. Si veo un nudo de éstos y quiero repetirlo, me encontraré con la dificultad de saber por dónde empezar. Necesito de alguien que me lo indique; la alternativa es deshacerlo para entender cómo está hecho. En cualquiera de estos actos estarán presentes los otros que sí saben, mostrándome un camino; al deshacer el nudo, deshago algo hecho por otro. Es probable que necesite ver a alguien haciéndolo, esto dependerá de mis habilidades previas con los nudos. En todo caso, en algún momento tuve la oportunidad de que alguien, al hacer este o cualquier otro nudo, me modelara el cómo hacerlo. Para poder hacer tendré que ponerme manos a la obra. En el primer intento la tensión no será suficiente y entonces quedará guango. Habrá más intentos, cada quien requerirá los propios, hasta que por fin logre encontrar la relación adecuada entre los elementos en juego: la tensión que produzco con la fuerza que imprimo y lo que quiero obtener. Ejercitación, pues, para inscribir en el cuerpo el saber necesario para hacer. Para aprender a hacer este nudo fue necesario el modelado, la ejercitación y el recurso a los otros que saben cómo hacerlo. Cuando he logrado hacer el nudo, no una sino varias veces, y he logrado inscribir en mi cuerpo ese saber, es entonces que empiezo a pensar en otros nudos derivados de lo que he aprendido, sea la relación entre las fuerzas actuando en los materiales, sea la relación de fijación en las cuerdas. Es pues hasta este momento cuando puedo empezar a hacer las cosas de una manera diferente.

 

Otro caso. Lo simbólico. La comprensión de un texto…

En alguna clase, hace muchos años, les propuse a mis alumnos que leyeran varios textos, que los analizaran, los compararan y los sintetizaran en una única propuesta, como si ésta fuera la elaboración de todos los autores trabajando en un solo documento. La instrucción me pareció sencilla hasta que vi los resultados y las preguntas de los alumnos. Todas ellas apuntaban hacia saber en qué consistía cada una de las operaciones que les propuse. La comprensión de un texto comienza con su lectura, y nos damos cuenta de que es necesario aprender a leer. Quizás por eso las novelas son un buen inicio para futuros lectores, la novela nos va llevando por los caminos que el autor ya trazó y podemos leer con emoción siguiendo esas rutas. No es necesario ir construyendo rutas alternativas, aunque siempre resulta interesante hacerlo, o simplemente ocurre. Para comprender un texto de corte científico es necesario ejercitar la lectura. Cada lectura nos va haciendo mejores lectores. Pero el texto no queda completamente comprendido sino hasta que lo hemos situado en un contexto histórico, hemos hecho acopio de otras lecturas que dan cuenta del mismo tema o de temas afines, hemos construído las relaciones del objeto del que se habla, y hemos logrado habitar ese objeto al grado de hacerlo familiar, es decir, de hacerlo nuestro; de tener ante el objeto una postura que nos refleja. Para lograrlo ayuda conversar con otros que saben, en quienes percibimos modos de leer y de acercarse a los textos, o a la materia que tratan los textos. Una vez más identificamos los tres momentos del aprendizaje: el de ejercitar, el modelado y el recurso a otros.

Lo simbólico con el hacer. La simulación en computadora…

En 1975 conocí la primera computadora, una pequeña máquina a la que mis profesores llamaban Elena. Al inicio me dio miedo utilizarla, no me imaginaba cómo podría funcionar para hacer cosas que me parecían imposibles; por otra parte, me atrajo mucho. Al año siguiente teníamos una máquina más grande y teletipos para escribir nuestros programas. Comencé a hacer el primero y me pareció la cosa más sencilla del mundo. Intenté conocer su funcionamiento, pero eso me llevó más tiempo. Me di cuenta de que se trataba de darle instrucciones matemáticas, las que yo quería que ejecutara, y organizarlas en la secuencia que yo quería que las realizara, así de fácil. Era necesario conocer el lenguaje. En aquellos tiempos los lenguajes eran muy sencillos, aunque menos potentes que los actuales. Sabiendo esto, era claro que la computadora, aunque no servía para nada, podía servir para muchas cosas; que lo que hiciera la máquina dependía de mí. La gran potencia de la computadora es precisamente que deja en el usuario la posibilidad de ser autor… y comencé a escribir programas. Para ello fue necesario observar a otro hacer programas, preguntarle, para que me ayudara a comprender los lenguajes y las técnicas de programación del momento; también mucha, pero mucha ejercitación, combinada con varias lecturas, para ir descubriendo algoritmos adecuados para lo que yo quería hacer. En algunas ocasiones me vi intentando desarrollar un algoritmo que ya otro había hecho. No era la forma más eficiente de trabajar, pero sí la más emocionante y, por tanto, con la que mejor aprendía. Porque no se trata simplemente de una ejercitación para hacer, sino de actuaciones que implican ensayar, observar a los otros, recurrir a las fuentes. Se trata, pues, de manipular los objetos en los contextos adecuados para explorar las posibilidades de Eso que estoy aprendiendo y en lo que voy siendo.

Los tres momentos así definidos: ejercitación, modelado y el saber de otros, se dan en el proceso de habitar la cosa aprendida. En cada aproximación hay un juego de percepción-reflexión que resulta indispensable, y en el que vivimos simultáneamente el constante acto de nombrar las cosas y actuar con ellas. Un juego en el que es importante el tiempo que nos damos para interiorizar e inscribir en nuestra persona, cuerpo y mente, lo aprendido. Esta percepción-reflexión es la amalgama que hace posible el surgimiento de la persona-mundo, constituyéndose uno a otro. El tiempo, ése que nos damos para producir el sentido de las cosas, está relacionado con el movimiento y la velocidad en la sucesión de las cosas. Y es esa velocidad la que parece modificarse en la actualidad con los impresionantes desarrollos de las tecnologías de información y comunicación. Veamos este aspecto del mundo actual.

En la dinámica de Actuar y Nombrar habitamos el mundo, son nuestras experiencias de vida. En la acción vamos representándonos a nosotros mismos y, así, vamos aprendiendo un modo de percibir el mundo. En la relación con los objetos, dos dimensiones: el Tiempo y el Espacio, y dos operaciones: el Saber y el Hacer (la práctica) constituyen elementos fundamentales de la definición del entorno en relación con nosotros mismos y con nuestra percepción. Todo acto sobre un objeto da cuenta de ellos. Las tecnologías de información y comunicación aparecen como una convergencia histórica que modifica el modo en que se nos hacen presentes estos cuatro elementos y, por lo tanto, el lugar que habitamos. Estos elementos se actualizan en la interacción de un ser humano y su medio ambiente: otros seres humanos y objetos. Espacio y Tiempo están íntimamente relacionados en nuestra percepción, simplemente porque las cosas suceden. Saber y Hacer también se encuentran relacionados en la dinámica de Actuar y Nombrar. Estos elementos van configurando en cada persona una perspectiva particular en el mundo, que se traduce en la forma de habitarlo. El Tiempo, el Espacio y el Saber no son conceptos primarios sino derivados, el Hacer consiste en el conjunto de interacciones de una persona en un medio ambiente ricamente estructurado en el que confluyen y articulan otros objetos y otros humanos actuando.

La noción del Tiempo se construye a partir de los objetos en movimiento, a velocidades diferentes; así como en la repetición de eventos. Ambas, velocidad de las cosas y repetición de eventos, en la práctica son lo que nos hace darnos cuenta de los sucesos:[1] la distinción de la velocidad de las cosas nos remite a una noción de tiempo respecto de la duración de cada uno de ellos; la repetición nos lleva a la noción del tiempo como regularidad de las cosas que suceden. La noción de Espacio se construye a partir de las diferencias en la posición de los objetos; la distinción de posiciones nos lleva a la construcción del espacio geográfico. Sin embargo, vivimos otro tipo de espacios, aquellos que habitamos y que se construyen en la historia personal y social, son los espacios a los que llamamos con connotaciones de pertenencia y pertinencia: mi ciudad, mi pueblo, mi barrio, mi casa, mi trabajo, etcétera. La noción del Saber se construye en las distinciones que se afirman sobre las cosas. En la base de estas construcciones está por un lado nuestra percepción del suceder de las cosas en nuestro derredor y, por el otro, el Hacer con las cosas, es decir, la práctica, en un lugar determinado.

El Tiempo, más bien, los tiempos que hemos aprendido a vivir, están relacionados con la velocidad con la que vivimos el mundo y con la relación entre lo que sucede y lo que podemos percibir de eso que sucede. Por otra parte, el Espacio, ese que reconocemos cuando lo habitamos, no es el geográfico del topógrafo, sino uno personal y social que se constituye en localidades con un paisaje que reconocemos y construímos porque lo hemos transitado y lo sabemos compuesto de trayectorias y conexiones; es ya un lugar que hemos incorporado y donde suceden las cosas que hacen nuestras experiencias de vida; es el lugar donde “hacemos con las cosas” (Marías, 1941: 436; Ingold, 2002: 193). Los espacios que habitamos son modificados por nuestras intervenciones y generan un ciclo de retroacción que modifica nuestras conexiones y la representación de nosotros mismos; estas intervenciones, con frecuencia, implican el uso de nuevas tecnologías. Existen otros espacios que no se definen como localidades, pero que pueden representar espacios habitados por humanos, es decir, espacios personales y sociales. En la actualidad, gracias a las tecnologías de información y comunicación, particularmente a la Internet, hablamos del espacio virtual o del ciberespacio. Se trata de un espacio que tiene tanto la connotación física como simbólica. La red se compone del conjunto articulado, y en vías de estandarización, de artefactos físicamente localizados; algunos de ellos modifican, gracias a las tecnologías de comunicación móvil, los lugares físicos en los que se localizan. Además, es un espacio al que simbólicamente se “entra”, en donde las personas se citan y se encuentran (Gómez-Cruz, 2002: 3).

Las tecnologías de información y comunicación transforman, pues, nuestra noción de tiempo y espacio en la práctica cotidiana. Con la Internet, las cosas suceden simultáneamente en geografías virtuales que remiten a lugares físicos distantes. Ya no nos movemos, al menos más allá de donde se encuentra la computadora conectada; la información llega al lugar en el que estamos y, de esta manera, nos trasladamos de manera virtual a diferentes sitios. En la red, incluso, existen mundos paralelos en los que podemos vivir por largo tiempo y con personalidades diferentes creadas por nosotros mismos. Así pues, parece que hemos vuelto a ser centro, como lo proponía la física antigua; pero ahora, esa centralidad puede definirse en función de lo que queremos, incluso a sabiendas de que la red nos afecta y es afectada por nosotros.

El Saber y el Hacer se encuentran íntimamente ligados, no hay uno sin el otro. El Saber no es sólo un conjunto de representaciones asociadas a las cosas, sino los cursos de acción que explican el mundo que vivimos y que nos llevan a reconstruirlo y cultivarlo (Heidegger, s/f: 3; Ingold, 2002: 185). En el Saber está expresado el modo en el que habitamos nuestros lugares personales en su temporalidad específica. Por eso el saber de cada persona se manifiesta en sus acciones, mismas que enriquecen o modifican ese saber. Hacer con las cosas es, pues, el camino para habitarlas. Hemos habitado alguna cosa cuando sabemos de ella, no todo, sino lo suficiente para que nos sea significativa y cuando ese saber de la cosa nos genera nuevos cursos de acción.

Algunos pensadores del siglo XX definieron la existencia en relación al “Aquí y Ahora”, llegaron a decir que ser humano es “ser-aquí-y-ahora-en-el-mundo-contigo-y-con-sentido” (Luypen, 1969). Esta pareja del aquí y ahora entra en crisis en la medida en que pierde sus referencias geográficas. Con las tecnologías, Aquí significa un lugar específico de conexión a cualquier otra parte del mundo; es la plaza desde la que me conecto, pero ya no significa el Aquí local de la presencia física con ese otro con quien me comunico: el Aquí en conexión es un “estar mediado”. El Ahora se define por el momento en que me suceden las cosas y no por el momento en que suceden en el tiempo astronómico; también el Ahora conectado es un “estar ahora mediado”. Ortega y Gasset definió al ser humano con un “soy yo y mis circunstancias…”. Con las tecnologías, mis circunstancias incluyen una interacción en y con el mundo afectado por la acción de los objetos-mundo creados por el desarrollo tecnológico. A la localidad geográfica que conocemos se le añade esta otra creando un nuevo Aquí y Ahora.

Estamos en un mundo en el que las cosas suceden más aprisa. La comunicación en línea nos tiene conectados en instantes, las consultas y transferencias bancarias las hacemos desde nuestra oficina u hogar, nos enteramos de lo sucedido en el mundo en cualquier momento. Para poder alcanzar la velocidad con la que suceden las cosas tenemos que correr, sólo así podremos darnos cuenta de ellas. No hemos aprendido aún a descartar aquello que no podemos seguir debido a su velocidad. Y no lo hemos aprendido porque creemos que los estímulos que nos proporciona son necesarios para sentirnos vivos: a mayor cantidad de estímulos más vida. Pero no sólo las cosas suceden más aprisa; el impresionante bombardeo de estímulos nos hace creer que estamos viviendo en un lugar con acceso ilimitado a las cosas. Existe un lugar, el ciberespacio, en el que el acceso ilimitado parece ser lo más real posible: dentro de la red estamos en “todas partes y en ninguna”, creemos que tenemos todo sin tener nada, que lo sabemos todo sin haberlo vivido y habitado... En este acceso ilimitado a las cosas y su suceder, se ha instalado como lugar común que la norma es el cambio. Pero el cambio que hemos aprendido a vivir a lo largo de la historia es un cambio ubicado en el tiempo, contextualizado, y que nos permite entender las contradicciones que conducen a él. El cambio derivado del aumento de la velocidad del acontecer de las cosas y del acceso ilimitado simulado, nos hace ir por la vida de manera similar a la navegación dentro del espacio virtual de la Internet. Como humanos aún no hemos aprendido a saborear las cosas cuando éstas suceden tan rápido. Esto nos pone en una situación de saberlo todo; se trata de un saberlo todo aparente que se manifiesta en la capacidad de obtener información de cualquier cosa en cualquier momento, pero que también se manifiesta en un cambio permanente de intereses: lo que sabemos es superficial o pragmático. Las habilidades necesarias para Hacer parecen lograrse por el mero saber cómo son, quedando a un lado la ejercitación y la reflexión.

La persona de hoy vive ocupada, pero no dedicada. Quizás esto explique la apetencia insaciable y, al parecer, desprovista de objeto de muchos jóvenes y algunos adultos. Es el resultado de la inseguridad que produce el creer que todo o casi todo se sabe, pero sin profundidad, con la consecuente incertidumbre, en un contexto específico, físico y temporal; la inseguridad que produce creer que se tiene acceso a todo y vivir en el mundo imaginado con eso a lo que se accede sin tenerlo a mano y, por lo tanto, sin ejercitarlo. Esta apetencia insaciable, este saber superficial es pues generador de inseguridad: al saber se accede por medios tecnológicos sin mediar la reflexión pausada y honda de las experiencias vividas. Frente a esa inseguridad, un primer requisito de la educación de hoy consiste en aprender a construír confianza en uno mismo, en aprender a hacer con las cosas, sin miedo a conceder agencia o autoría a un artefacto. Esta confianza en uno mismo y en los demás es requisito para la reflexión honda; la reflexión implica aprender a degustar las cosas, lo que a su vez requiere de tiempo; es por esto que creo necesario hoy en día, volver a aprender a percibir: mirar, sentir, oler, en fin, atender. Frente a la “virtualización” de la vida cotidiana, en donde el cuerpo no parece tener cabida, el cultivo de éstas acciones nos aproxima a la comprensión de las diversas formas en las que la persona como corporalidad dialoga con su entorno. Para un mundo en el que la mayoría de las cosas suceden cada vez con mayor rapidez, el conocimiento del cuerpo es una manera de aprender a percibirlas, decodificarlas y seleccionar aquellas en las que queremos profundizar. Este conocimiento del cuerpo nos puede ayudar a aprender a vivir con una velocidad adecuada en un mundo de acontecimientos rápidos. El aprendizaje de la lentitud es imperativo en este mundo que se y nos acelera. Quizás, con esta lentitud perceptiva podamos aprender las habilidades necesarias para vivir un mundo en aceleración.

Este es un camino para aprender un modo de estar y de ser atentos en la vida, en el que podamos no sólo construír sino habitar el mundo en su veloz transcurrir. Es decir, en donde podamos dar cuenta y nos podamos dar cuenta de lo que acontece; particularmente, de lo que nos acontece y forma nuestras trayectorias de vida: se trata de aprender a dar un paso para atrás desde donde se vea pasar la velocidad de las cosas, de las situaciones, del tiempo mismo, pero desde donde seamos también capaces de crear otro tiempo y otro espacio, para contemplar. Si sabemos que hoy hacemos tiempos y espacios de determinado tipo –rápidos, fugaces, multilocales– también sabemos que podemos crear otros desde los que logremos observarlos, percibirlos en su magnitud y habitarlos, junto con otros. Se trata de crear tiempos y espacios en donde habitemos un horizonte de encuentro con los demás, desde la diversidad. La creación de estos tiempos y espacios ha sido, probablemente desde la emergencia del humano, una cotidianidad sustentada en la práctica del reposo, de la contemplación y del silenciamiento. A tal grado fueron estas prácticas las constructoras de tiempos y espacios que se volvieron imprescindibles en los recintos sagrados. A través de éstas prácticas se aprende a estar con uno mismo y en armonía con lo de alrededor.

El aprendizaje siempre es situado (Brown et al., 1995), esto es, brota siempre en una situación, y la historicidad y el contexto del conocimiento no es ruido que tenemos que filtrar para conocer la pureza del esquema, sino que es la forma precisa como habitamos esa situación en la que conocemos nuestro mundo a través de nuestras acciones. El saber no consiste en representaciones sino en acción encarnada (Varela, 1991 pág. 23). Al hacer con las cosas, las nombramos, y es aquí que cobran sentido en el mundo que vamos construyendo. El modo de nombrar define la mirada del mundo que se quiere y puede habitar. La percepción y la acción son unidad en el cuerpo humano. Nuestro cuerpo no es el mero receptor de sensaciones, sino el sujeto mismo de la percepción-acción. Aprender a percibir, no es solamente aprender a darse cuenta de lo que sucede externamente, sino ser capaces de evocar mundos posibles y deseables junto con otros seres humanos. El ser humano es un ser que imagina, y la imaginación es también una realidad que se construye en la unidad que es el cuerpo en su percepción-acción. Aprender contiene poder decir, esto es, nombrar lo que estoy haciendo, las razones por las que lo hago, el propósito de mi acción y los motivos por los que no lo hago de otra manera. Las sensaciones, las emociones, las intuiciones, el saber y la razón son inmanentes a este decir. Es tarea educativa aprender a reconocer cada uno de estos ingredientes del Nombrar y del Actuar, para ello ayuda la práctica de la observación, la contemplación y el silencio. Además, tendremos que preguntarnos por las formas concretas en que podremos ayudar a otros a reconocerse en su proceso de aprendizaje aun dentro de ese mundo virtual, que no por eso será menos real. El camino no es hacer a un lado los desarrollos tecnológicos, sino aprender a utilizarlos para seguir aprendiendo con la humanidad.

Una propuesta educativa de este tipo tendrá que iniciar por proponer situaciones en las que la acción del aprendiz conlleve la reflexión de lo hecho; una reflexión que incorpore la revisión del recorrido una y otra vez, desde diferentes puntos de vista; una reflexión que permita ir valorando y afirmando lo que se vive y se aprende en un contexto particular e histórico; un aprendizaje que se observe en las acciones y productos del aprendiz. Es una propuesta educativa que no busca el saber enciclopédico y superficial del saber de todo, sino un saber hondo y rumiado desde diversas perspectivas. Aprender a percibir es, pues, aprender de nuestro cuerpo en acción, aprender de nuestra acción incorporada. Por eso, aprender a percibir no es nada más darnos cuenta de lo que nos pasa, sino estar abiertos a aquello que acontece en nuestro actuar, y que posibilita tanto la acción de uno mismo como la de los demás. Aprender a percibir no sólo es aprender la manera en que nuestro cuerpo va siendo afectado, sino aprender a ser afectados por las cosas que acontecen. Aprender a percibir es aprender a actuar. Para este aprendizaje me parece conveniente aprender a silenciar, contemplar y discernir. Ésta me parece la vía para reducir internamente la velocidad de las cosas que suceden y aprender a volver a habitar el mundo en su nueva velocidad y en la búsqueda de un horizonte en donde podamos encontrarnos todos en y con nuestra diversidad.

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Bibliografía

Boff, Leonardo. (2001). Cuidar la Tierra. Hacia una ética universal. México, D.F., Ediciones Dabar.

Brown, J. S., A. Collins, et al. (1995, 04/09/97). Situated Cognition and the Culture of Learning. Obtenido de http://www.itl.columbia.edu/ilt/papers/JohnBrown.html.

Gómez-Cruz, E. (2002, 10/05/2004). Espacio, Ciberespacio e Hiperespacio: Nuevas configuraciones para leer la Comunicación Mediada por Computadora. Obtenido 10/05/2004, 2004, de

http://www.cibersociedad.net/archivo/articulo.php?art=19.

Heidegger, Martin. (s/f). Construir, habitar, pensar. Obtenido el 4/10/03, 2003, de http://artnovela.com.ar.

Ingold, T. (2000). Perception of the Environment: Essays in Livelihood, Dwelling and Skill, London, Routledge.

Levinas, E. (1978). Humanisme de l'Autre Homme. Paris, Quadrige/PUF.

Marías, J. (1994). Mapa del mundo personal. Madrid, España, Alianza Editorial.

Merleau Ponty, Maurice (1997). Fenomenología de la percepción. Barcelona, España. Península.

Ortega y Gasset, José. (1985). El Tema de Nuestro Tiempo. México, Porrúa.

Sacks, Oliver W. (1997). Un Antropólogo en Marte: siete relatos paradójicos. Barcelona, España. Anagrama.

Varela, F. (1991). Ética y Acción. Chile, Dolmen.




[1] Lo que las tecnologías van modificando es la escala humana con la que vivimos la vida. Hemos desarrollado artefactos que mueven las cosas con cada vez mayor velocidad, que las colocan en posiciones cada vez más distantes en menor tiempo, incluso hemos llegado a creernos ubicuos respecto de la información. Cada vez sabemos más como humanidad y a la vez estamos más confundidos.

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